Una vida
Hace mucho, mucho tiempo; en un país muy, muy lejano, vivía un hombre como cualquiera, él se levantaba en la mañana y acostaba por la noche. Muy temprano todos los días abría los ojos, la ducha, la nevera y por último la puerta de su casa; tenía esposa y dos hijos que nunca veía.
Los lunes despertaba en Paris y por sus calles transitaba, en sus amplios bulevares veía el cielo y la nitidez exquisita de la aurora boreal sobre el cielo parisino iluminando las calles, “¡ah! La ciudad luz”, jamás comprendió por que le decían así, rayos verdeazulados de danzantes formas que extraían el alma del universo y sintetizaban su esencia, en las luces se veía el nacer de una estrella, su estallido, se veían peces y lagartos devorando ballenas y leones, se veía también un solitario árbol en un bosque. Nada especial.
Los martes deambulaba por los ríos de asfalto en Tokio, a su lado volaban dragones que revivían de antiguas pinturas y leyendas, los kanjis se convertían en objetos y seres, pero nada como la comida, habían en exposición rollos de sushi, anguilas a la plancha, pequeñas empanadillas rellenas de cerdo y verduras, estofado con tofu, rábano, huevos, fideos y mil ingredientes más, por supuesto también había café, y sentado en la puerta del trueno entre banderas de cambiantes colores y móviles estatuas, pensaba cuan equivocado estaba el mundo, “Tokio está casi vacío”. En fin, un día normal
Los miércoles respiraba aire brasilero, en Rio de Janeiro pedía indicaciones al cristo redentor para huir del ruido, en efecto, el carnaval estaba a flor de piel y la música no se hacía esperar, trompetas y trombones, jubilo, sudor y alcohol interpretaban este himno a la alegría; era el ambiente que mezclaba los sentidos y más que escuchar, percibías las notas en la piel; “que paisaje tan deprimente”, así decía mientras veía con auténtica tristeza a bailarinas doradas en las nubes, concluyó que nadie podría ser feliz viendo la magnificencia de enormes carros alegóricos desde donde surgían composiciones magistrales; poco después huyó atravesando el Rio Niterói. Una mala experiencia.
Así pasaban días, meses y años, ya cansado de ver invariablemente cosas tan diferentes siempre iguales llegó un domingo en el que se preguntó cuánto llevaba ya viviendo en este mundo, en medio de estas profundas consideraciones filosóficas la voz de la tierra así le dijo: “¿Quién eres?”-a lo que respondió-“Yo solo soy un caminante, que antes y ahora pasa sin ver ni ser visto. Así yo te pregunto ¿Quién eres?
Marco Noriega Salleg
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